Dickens vs. Allan Poe: ¿Vencedor?

Cuándo en La Oficina de Marketing llega un nuevo aprendiz, siempre hay algunos libros que le pedimos que lea para mejorar su redacción de textos para páginas web.

Hoy os traemos un fragmento, adaptado, de uno de nuestros libros de cabecera. Logramos con ello mejorar la sintonía del equipo y que aprendan rápidamente las nociones básicas para el desarrollo de textos. Ahí va un nuevo fragmento:

 

Una de las maneras

de reivindicar el saber marginado de la preceptiva clásica y de los escritores que conscientemente -o no- lo han cultivado, puede profundizar en las fases de elaboración del texto. Actualmente tan publicitadas por el empirismo anglosajón y sus adláteres. Mostrar las coincidencias entre Horacio y Edgar Allan Poe, por ejemplo, puede ser una buena manera de introducirse en las reglas del texto.

 

Cuando leemos un libro,

contemplamos una catedral o escuchamos una sonata, tendemos a disfrutar de la obra terminada sin preocuparnos de la composición, sin pensar en la gestación, en los bocetos, en el inacabable perfeccionamiento. Tras leer «Guerra y Paz» no siempre se nos ocurre que Tolstoi la reescribiese siete veces.

La palabra poética no engloba sólo las reglas que debe cumplir la obra acabada, sino también las reglas de elaboración.

Cuando vemos un texto,

sea un discurso o una novela, podemos pensar que el autor ya tenía la obra a la mente y que lo único que hizo fue darle forma para poder comunicarse. Resulta tentador suponer que durante la composición el autor trabaja en una misma dirección, porque no vemos las ideas descartadas, las iniciativas interrumpidas, las pruebas, las vacilaciones, las revisiones.

El lector lee la novela como un texto inevitable, mientras que para el autor es tan sólo una de las numerosas hipótesis, la que se acaba concretando a partir de fases como el azar, el hallazgo, el insomnio, la papelera. Edgar Allan Poe ha descrito mejor que nadie esta confusión:

La mayoría de los escritores y los poetas en prefieren dar a entender que componen bajo una especie de espléndido frenesí, una intuición extática. Se estremece frente la idea de que el público diera un vistazo a lo que ocurre entre bastidores, a las laboriosas y vacilantes crudezas del pensamiento, los auténticos designios alcanzados sólo en el último momento, a los innumerables indicios de ideas que no llegan a manifestar. A las fantasías plenamente maduras que hay que descartar con desesperación por ingobernables , a las cautelosas selecciones y desechos, a las penosas correcciones e interpolaciones.

La mayoría de autobiografías y libros de memorias de escritores se recogen los continuos procesos de planificación, crítica y revisión a los que someten los textos. A menudo los autores que gozan de una cierta aureola de facilidad expresiva son los que reescriben más veces sus libros.

Si la «Poetiké» de Aristóteles es una apología sostenida de la unidad, el «Ars Poetica» de Horacio pone el énfasis en el necesario trabajo del escritor.

El poeta latino,

cita en varias ocasiones las musas, pero lo hace con la condición de que ellas no bastan si el autor es un vago, ya que arte significa todo trabajo -aunque sea un trabajo placentero-. Para Horacio la inspiración no es un ser activo que dicta el texto, sino un objeto pasivo al que hay que imponer ciertas reglas.

La «Poetiké» de Aristóteles no dedica mucha atención a la escritura como proceso, pero sí recomienda planificación:

Hay también que, tanto si los asuntos le son dados hechos por la tradición como si son inventados por él, el poeta se les exponga de una manera general y luego introduzca los episodios y desarrolle el asunto.

La planificación tiene como objetivo producir una espesa red de causas y consecuencias que atrape al lector o la audiencia.

Ahora bien,

si el lector es capaz de prever el final del texto, es probable que las causas y consecuencias estén vinculadas de una manera demasiado evidente. Es el caso de «Barnaby Rudge», una obra que Charles Dickens publicó en forma de folleto. Antes de que apareciera el desenlace, Edgar Allan Poe ya había publicado un artículo en el que lo preveía con toda exactitud. La previsibilidad, desde el punto de vista clásico, es un defecto compositivo grave.

Poe también señaló la necesidad de planificar los textos para dotarlos de coherencia:

Resulta clarísimo que todo plan o argumento merecedor de este nombre se debe desarrollar hasta el desenlace antes de comenzar a escribir en detalle. Sólo con el «dénouement» a la vista podremos dar al argumento la indispensable atmósfera de consecuencia, de causalidad, haciendo que los incidentes, y sobre todo el tono general, tiendan a dar vigor a la intención.

Puedes comprar el libro en este enlace.

Si necesitas de un equipo de diseño de páginas web experto redacción de textos para páginas web y que pueda llevar tu página web al top, ¡llámanos!